Federico Muñoz - Director de Federico Muñoz y asociados
Desde el oficialismo se suele destacar que uno de los grandes méritos de los gobiernos kirchneristas ha sido la "subordinación de la economía a la política". Así refieren a la capacidad que habrían mostrado Néstor y Cristina para conducir la marcha de la economía y encauzarla a gusto del gobierno, a contramano de intereses de mercado o corporativos.
Es cierto que en algunos momentos de la era kirchnerista esta premisa pareció tener algún asidero. Apalancados en el enorme capital político que supieron acumular, los Kirchner se las arreglaron para forzar la marcha de algunas variables económicas por senderos distintos a los esperados. Sin embargo, en los últimos tiempos la validez de esta hipótesis se fue diluyendo hasta quedar convertida en poco más que un slogan desconectado de la realidad. En efecto, la economía parece ser hoy bastante rebelde a los deseos del gobierno.
El caso más patente de esta indocilidad es el de las cuentas externas. El gobierno se valió de toda su capacidad coactiva y coercitiva para intentar equilibrar el mercado cambiario y frenar la caída de las reservas del Banco Central (BCRA): impuso fuertes restricciones a las importaciones, instauró un férreo control de cambios y prohibió el giro de utilidades al exterior, sin ahorrar esfuerzos ni demostraciones de poder en pos de la consecución de este objetivo. Pero esta estrategia sólo tuvo una eficacia efímera: tras un débil repunte durante el primer semestre, a partir de mayo el BCRA volvió a perder reservas, en señal inequívoca de que el balance cambiario había vuelto a caer en terreno deficitario.
Si bien es cierto que el cepo cambiario logró frenar drásticamente la fuga de capitales, en paralelo se abrieron otros canales de salida (por caso, el rescate de los depósitos en dólares) y se cerraron vías de ingreso (créditos a privados desde el exterior), por lo que -al final del camino- los dólares escasean tanto o más que antes.
El externo no es el único frente en el que "la política" se manifiesta cada vez más impotente frente a la economía. La política tampoco está logrando que se frene la inflación, ni que se revierta la tendencia declinante de la producción de hidrocarburos; ni que inversores externos aporten fondos frescos para financiar la expansión de YPF u otras inversiones. Esta rebeldía de las variables económicas no parece obedecer a una pérdida de poder del gobierno. Por el contrario, a pesar de la caída de su imagen pública, las amenazas de Cristina y su equipo son hoy más temibles que nunca, porque han demostrado ser implacables a la hora de pergeñar castigos al sector privado.
La indocilidad de la economía obedece en cambio a que los desequilibrios macroeconómicos (inflación, retraso cambiario, fisco sin financiamiento genuino) y la desconfianza han crecido hasta alcanzar un entidad tal que no hay poder político que evite sus consecuencias.
Si el gobierno insiste en intentar resolver estos desequilibrios de prepo y con Guillermo Moreno como ariete, la economía se mostrará cada vez más caprichosa e independiente de sus designios. Si en cambio, Cristina se decide de una vez por todas a renunciar a la fuerza bruta y se anima a reparar los desbalances macro con gestión, tendría buenas chances de que la economía recupere una evolución virtuosa. Lamentablemente, nada hace prever que la Presidenta elegirá recorrer este camino.